sábado 23 de julio de 2011

Lombriz

Y aunque no la amé desde el primer momento en que la vi,
ella de deslizaba desconfiada de mis besos
pensando que yo también la iba a enamorar
para dejarla luego en mitad del mar,
haciéndose trencitas ella sola
e intentando hablar con sirenas.

La muy estúpida pensaba que eso era el amor.
Que la amistad era eso que celosamente había guardado en su mesita de noche.
Y aunque iba distraida, en casi todos los segundos del reloj,
siempre se fijaba en los minúsculos rayos que atravesaban mi pelo al mentirle.
Era astuta estudiando, los movimientos de los labios, el recorrido de las manos, y las sonrisas sencillas que le regalaban. Analizaba todo, desde su estupida burbuja flotante. Creyendo que volaba de verdad, se aventuraba a decirme que no sabia lo que era de verdad el instante, el valor de una puñalada a tiempo, y además, se burlaba de que no pudiera hablar con las sirenas (aunque ella tampoco lo había hecho nunca).

Era hábil con sus mascaras. De entre sus viajes sacaba regalos invisibles, para sus amigos reales. Tenia una piedra en el zapato, siempre que venia de otra tierra, y me la regalaba a mi. Todas sus cargas eran mías. Y con eso, yo me construía un castillo alejado de sus habladurías; pero eso duraba muy poco; porque siempre que estaba medio construido y casi fuerte a los vientos del sur, ella volvía disparando palabras negras, soltándolas dulcemente sobre mi boca, que quedaba al instante negra y babeada de sus locuras. Y así, derrumbaba de nuevo mi fuerte.

Se hacia agua de repente ante mis ojos, desmoronanadose entre mis dedos, o haciéndose al instante un payaso o una lombriz. No le importaba arrastrarse que hacerme feliz y echarme chispas por todo el cuerpo, haciendo relucir mis ojos después de verla. A veces la odio de veras.

A pesar de todo eso, yo le seguía tocando los pies, justo entre los dedos.